Dr.GutiérrezLaboy

No he logrado encontrar respuesta a la interrogante
del porqué somos como somos, pero una cosa he
aprendido: siempre hemos sido como somos.

La fragilidad humana (ensayo)









Roberto Gutiérrez Laboy
Universidad De Puerto Rico, Recinto De Rio Piedras


Compendio del ensayo principal del libro La fragilidad humana y otros ensayos: Reflexiones humanísticas, Madrid, Ediciones Atlantis, 2005


El ser humano es un ente sumamente contradictorio. Por una parte, tiene la capacidad de realizar las más nobles proezas como ayudar a sus semejantes aún a costa de su propia vida o de indignarse ante las injusticias de los atropellos a los que a veces se le somete. Esto es, de ir más allá de sí mismo y ocuparse de los demás. La historia está llena de esos actos de heroicidad. Sin embargo, por la otra, posee la habilidad de llevar a cabo las más atroces acciones como entregarse a la guerra y quitarle la vida a seres humanos o de arrebatarle abyectamente lo que a otros les hace falta y que han logrado adquirir después de grandes sacrificios. También la historia está llena de esos ejemplos de egoísmo. Y tenemos que preguntarnos porqué somos así.

Si hiciéramos un recuento histórico sobre las más destacadas concepciones que se han hecho sobre la condición humana encontraríamos cientos de volúmenes sobre el particular. La antropología, la sociología, la sicología, la religión y, sobre todo, la filosofía no ha hecho otra cosa que encarar desde distintas perspectivas la radical situación problemática del ser humano. No pudiendo evitar la tentación repasemos brevemente algunas de las teorías de la cultura occidental, de estas dos últimas disciplinas, que se centralizan en el ser humano. Cabe señalar que la mayor parte, por no decir todos, de los pensadores se refieren al “hombre” pero es éste un término sexista que sustituiré por el más justo, y no excluyente de la mujer, de ser humano.

Ante la pregunta ¿qué es el ser humano? surge otra que casi está yuxtapuesta a ésa, ¿qué lo particulariza de otras especies del reino animal? Aunque los primeros filósofos (presocráticos) hicieron algunos comentarios sobre el particular, no fue hasta la época dorada de la filosofía griega cuando surgen las más destacadas disquisiciones sobre el tema. Sobre todos, fue Aristóteles el que más se ocupó de establecer esa diferencia cuando consideró al ser humano como un “animal racional” y por lo tanto capaz de diferenciar entre lo bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto. Esa postura racional aristotélica, con sus variantes, fue adoptada por los estoicos, los pensadores medievales, Rosmini, Descartes (aunque éste prefirió el término pensante) y Husserl, entre otros. De allí que con el paso del tiempo dé inició a la clasificación antropológica del homo sapiens sapiens, el ser humano que sabe que sabe. Sin apartarse mucho H. Bergson prefirió el de homo faber, el ser humano que hace, o mejor, construye utencilios para su supervivencia.

Pero, además, Aristóteles clasificó al humano como un “animal político” queriendo con ello decir que se asocia con otros por necesidad porque si “no es parte de una ciudad (en griego polis) o es una bestia o es un dios.” Mucho se ha escrito sobre ésta última aseveración. Baste recordar solamente a Hobbes y a Rousseau quienes desde posturas diametralmente opuestas consideraban que la bestialidad del humano en sociedad únicamente podría subsanarse a través de la educación. Para Hobbes, la sociedad lo podía regenerar. Mientras que para Rousseau esa misma sociedad era quien lo corrompía.

La concepción religiosa de entronque judeo-cristiana ha dicho mucho sobre el ser humano. Para estos religiosos, el ser humano posee una naturaleza divina ya manifestada en el Génesis bíblico cuando se expresa “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.” La palabra clave aquí es “señoree”, puesto que la misma implica esa errónea idea humana de dominar la naturaleza cuando debiera vivir conforme a la misma como establecen otras tradiciones, incluso las culturas precolombinas. Ese intento de dominación le ha dado al ser humano la noción equivocada de un poder sobre toda la naturaleza, y de humanos sobre humanos, con el consabido deterioro de la misma, ya que al querer controlarla lo que logra es alterarla y en ocasiones desatar lo que pareciera ser su furia contra nosotros con mortales inundaciones y deslizamientos de tierras, entre otros efectos nocivos para la humanidad.

Pero aún hay más, desgraciadamente esas ansias de poder han llevado al ser humano a ejercer el control de unos sobre los otros. De esta manera, vemos como unas naciones imponen su poder sobre otras y como unos individuos pretenden dominar a otros. Por eso tantos conflictos entre las parejas, puesto que siempre uno quiere imperar sobre el otro. Y no digamos esa oprobiosa época cuando reinaba la esclavitud. ¡Habrase visto crueldad mayor! Peor, hay quien afirma que la esclavitud todavía existe en su forma tradicional o solapadamente. Por eso decimos con Julia de Burgos “que el esclavo fue mi abuelo es mi pena, si hubiera sido el amo sería mi vergüenza.”

La presunción de divinidad humana ha llevado a algunos hasta el punto de pensar, según el decir de Fichte, a que el ser humano crea que es Dios y que de esta manera debe proceder. Así, si Dios es omnipotente se ha inferido que después de Él y de los ángeles, arcángeles, querubines, etc. el ser humano es también todopoderoso. Es justamente aquí en donde radica nuestro mayor equívoco, ya que ese poder es solamente aparente, no real como dicen los filósofos. No podemos soslayar a Francis Bacon quien al sentenciar que “el saber es poder” unió los dos presupuestos antes anotados. Y tenemos que preguntarnos: ¿saber para qué? ¿para el bien o para el mal?

Lo cierto es que ese saber no nos ha permitido resolver las más apremiantes necesidades humanas. Los proyectos humanos o utopías, para no parecer tan ingenuo, de un mundo más justo y equitativo no han podido concretarse. Ese mundo idealista de la verdadera justicia social nos parece muy lejos a la altura del segundo milenio de la era cristiana. Pareciera como si las propuestas a favor de la raza humana fueran menos accesibles que los proyectos contra ella. Un vistazo a la historia de la humanidad fácilmente corroboraría esta desafortunada situación. Realmente, ¿somos tan poderosos?

Algo ocurre con el ser humano que no está funcionando bien. ¿Será que no hemos comprendido a cabalidad nuestra propia naturaleza? ¿Será acaso que hay algo a lo que no le hemos dado la debida atención? He aquí mi propuesta.

No creo que se ha enfatizado lo suficiente en lo que considero que es la mayor característica humana: nuestra fragilidad. No paso por alto que el gran matemático y pensador Blaise Pascal se refirió a ello, más no le dio la atención debida. En una ocasión el famoso francés escribió “El ser humano no es más que una caña, lo más débil en la naturaleza, pero es una caña pensante… El vapor, una gota de agua es suficiente para matarlo (Pensamientos, 347). Como podemos apreciar, Pascal sigue la línea trazada por Aristóteles, y más aún por Descartes, al catalogar al ser humano como un ente pensante pero no dijo mucho más. Mas, allí encontramos la raíz de mi argumento, somos inevitablemente débiles y sobre ello no hemos reflexionado lo suficiente.

¿Qué implica este asunto de la fragilidad humana? No poca cosa, porque resulta que nos creemos los más fuertes, los más poderosos, los más magnánimos. Y ello nos ha llevado, retomando el hilo con el que iniciamos este brevísimo ensayo, a las más heroicas acciones, pero desafortunadamente también a los más crueles hechos. Hemos pasado por alto que somos de la especie animal los más débiles, los más frágiles. Cuando el ser humano emprende una tarea se olvida que lo que nos caracteriza es esa fragilidad que vengo apuntando. Si hiciéramos una analogía del ser humano con una hormiga, por ser uno de los animales más pequeños que podemos observar y que vive en una organización social que nos recuerda la nuestra, nos parece que ésta es mucho más poderosa y resistente que el ser humano. Comparemos la fuerza de una hormiga con la del ser humano y en proporción al tamaño observaremos que la fortaleza de aquélla nos excede por mucho. Pero aún hay más, si lanzamos ese insecto himenóptero desde una distancia cien veces o mil veces su estatura la misma seguirá caminando como si nada hubiese ocurrido. No obstante, si hacemos lo mismo con el ser humano éste fallecería inmediatamente. Pero no sólo eso, sino que éste con un solo tropezón podría acabar con su días. La conclusión es obvia: el ser humano es más frágil que la hormiga.

Me parece que esta situación que tan pocas veces consideramos le hace un irremediable daño al ser humano. Son muchas las razones que llevan al ser humano a, entre otras cosas, quitarle la vida a sus semejantes. Ya sea por sustraerle lo que posee o por razones “pasionales” consciente o inconscientemente le arrebata lo que José Martí llamó el principal derecho del humano: la vida. Y tal acción es tan fácil. De un porrazo o con un insignifiante plomo, que a penas cabe en nuestras manos, se puede dar punto final a nuestra vida. Y me cuestiono si en el momento en que se realiza semejante acto de tan poca humanidad el agresor estará consciente de que él también es frágil y le podría ocurrir lo mismo.

Un último ejemplo de los tantos que se podrían esbozar. El ser humano está a la merced de muchas enfermedades. Son tantas las afecciones que nos pueden arrebatar la vida sin casi darnos cuenta. Hasta un catarrro nos puede conducir a la tumba en poco tiempo. No empece a la noble tarea de médicos e investigadores y sus relativamente muchos adelantos, la realidad es que tenemos tanto que aprender sobre la ciencia médica que me atrevería a afirmar que estamos todavía en la era primitiva de la medicina.

No somos tan fuertes ni poderosos como muchos creen. La máxima socrática de “conócete a ti mismo” que todos debemos emular me parece que debe incluir lo que he señalado. Es por eso que debemos reflexionar más sobre nuestra naturaleza frágil y efímera. Si lo hiciéramos, tal vez (solamente tal vez) podríamos verdaderamente comenzar a ser fuertes dentro de esa inmensa fragilidad que poseemos.

© Roberto Gutiérrez Laboy, 2001

Todos los derechos reservados. Esta publicación está cobijada por los derechos de autor y su reproducción por cualquier medio está prohibida.

Toda información o solicitud sobre la misma deberá ser dirigida a rgutierrez@alumni.rutgers.edu